Desconciertos
Por Norma Morandini
Desconcierto. Si con esa palabra se describe la perplejidad o la incomprensión. No encontré palabra que describiera mejor todo lo que fui pensando a lo largo de los días en los que leí todo lo que se viene publicando sobre los dos escándalos que concitan el interés mediático en todos los idiomas: el de la francesa Gisele Pelicot, que convirtió su tragedia en un Himno a la vida, el libro en el que narra su historia de “muñeca de trapo” en manos de su marido que tras drogarla la ofrecía sexualmente a varias decenas de hombres; y la del magnate Jeffrey Epstein que ofrecía también mujeres a los poderosos del mundo, jovencitas, anestesiadas por otra droga, la ilusión de la fama y el dinero, casi niñas, captadas y cooptadas para su red de tráfico sexual de seducción y extorsión a los poderosos del mundo.
Dos historias que ademas de compartir las páginas de todos los diarios del mundo, están unidas por el abuso sexual, el uso del poder, la violencia, el engaño, la victimización de la mujer y la corporación masculina del silencio. Paradójicamente, se bautizó inicialmente “la revolución silenciosa” al movimiento de las mujeres, tal vez, porque, en realidad, el verdadero ruido sucede en las alcobas, cerradas a cal y canto por la separación cultural entre los mundos privados y el social.
Pero desde que las puertas de las alcobas se abrieron, salieron los gritos del dolor por el maltrato, los abusos sexuales y la expresión extrema, los asesinatos de aquellos que dicen amarlas, sus novios, amantes o maridos. Los femicidios, odiosa palabra que engrosa las estadísticas. Los casos más resonantes llegan a los medios y entretienen con la morbosidad de los relatos sexuales, sin poder salir de los lugares comunes o la proyección de los prejuicios con los que se narran esas historias. Como las crónicas del diario Le Monde que elogiaron la elegancia y los cortes de pelo de Gisele, “Un cuerpo vivaz, un andar grácil y ágil y una voz serena”. Otra crónica admiraba “su nariz que mira hacia la luna”. Por supuesto, cuanto más las crónicas ponían sus ojos sobre la apariencia de Gisele, más cuidado ponía ella en sus atuendos.
De ahí mi desconcierto frente a esas y otras situaciones inauditos, como saber que “madame Pelicot” al regresar de la comisaría donde el policía Laurent Perret le mostró que Dominique, el marido al que antes había calificado de ”amable y considerado”, el amor de su vida, era el mismo que la había drogado durante años para ofrecerla como objeto sexual. Tras ver las fotografías en las que reconocía su cama, su dormitorio, pero no su cuerpo fláccido, o los hombres a su lado, regresó a su casa, como diligente esposa, puso una carga de ropa en el lavadora y colgó los calzoncillos del marido en el tendedero del jardín de su casita amarilla de persianas azules en Mazan, un pueblo de la provenza.
Vivían allí desde hacía siete años cuando Gisele se jubiló en París como secretaria y buscaban una apacible vida de campo. En realidad, ella era el sostén de la casa, ya que Dominique, electricista, pasaba mucho tiempo sin trabajo. Una descripción apacible de una pareja que había cruzado los setenta años, con hijos y nietos, medio siglo de convivencia, sin que en ese tiempo, ella, ni sus hijos hubieran sospechado de lo que le sucedía cuando dormían. ¿Sigue dormida Gisele? A juzgar por el nombre de su libro Himno a la vida, y la felicidad que manifiesta por haberse enamorado de nuevo, un azafato de una compañía aérea recién enviudado. Se conocieron en la isla a la que se trasladó cuando dejó su casita de persianas azules y comenzó el proceso judicial contra el marido. Fue con quien ensayaba lo que le diría al juez en el tribunal. Es comprensible que quien parece ignorar todo lo que le sucedía a su cuerpo cuando dormía, a puertas cerradas, viva hoy como compensación la felicidad del “nuevo amor” y el reconocimiento del ojo público. En todos los idiomas que puede mostrar, también que aun cuando había superado la edad de la visibilidad sexual, a los setenta años, tiene un nuevo amor del que habla casi de manera semejante a como describe su amor a Dominique cuando a los dieciocho años encontró “su alma gemela”.
Todos los grandes diarios del mundo acudieron a la presentación de su libro, escribieron largos ensayos como hizo The New Yorker que la presentó como “una historia de abuso impactante, de victoria sobre el patriarcado y el sexismo, de la resiliencia y el crecimiento de una mujer”. Sin duda la pacata y hoy sabemos opaca vida de Gisele ha dado un vuelco, de oficinista jubilada a estar en los diarios del mundo, pero no se entiende cómo puede ser un triunfo sobre el patriarcado cuando todos los días, en todos los países, tenemos noticias de los abusos sexuales. Menos aún cuando la historia de Gisele Pelicot compite por el espacio con la exhibición descarnada de otro poder msculino, el de Jeffrey Epstein que también ofrecía a mujeres indefensas a los poderosos del mundo, fueran políticos, empresarios o intelectuales, para seducirlos y extorsionarlos. Si no cómo explicar su vertiginoso ascenso de ser un profesor de matemáticas a poderoso magnate dueño de islas, mansiones, y de una red de jovencitas, casi niñas a las que captaba y explotaba ofreciendo fama o dinero.
A juzgar por las denuncias y los documentos ahora hechos públicos, “todos y todas” querían pertenecer al selecto y elitista mundo de Epstein. Un caso del que me temo nos distraemos con las morbosas descripciones de las aberraciones sexuales cuando por detrás subyace la incómoda sospecha de la naturaleza del poder y una pregunta igualmente incómoda. ¿Qué vida oculta tienen aquellos que nos dominan con el poder de las armas, la política, la tecnología o la ideología? Nuestra editora Alejandra Conti nos acerca a ese tenebroso mundo oculto, investigado por primera vez por una mujer de origen cubano, Conchita Suarez Sarnoff.
Me temo que mientras gobierne Donald Trump habrá Epstein para rato. En todos los países los periodistas de investigación buscan en la documentación desclasificada las conexiones locales, agentes de modelos, políticos y empresarios de la farándula.
En cambio, el estrellato de Gisele Pelicot será efímero. Convertida en heroína del feminismo desde el día en el que pidió al juez que el juicio fuera abierto a la luz pública, de los medios para que “la vergüenza cambie de bando”, de los cincuenta hombres de todas las edades y todas las profesiones, junto al marido Dominique sentados en el banco de los acusados.
En el juicio, Dominique admitió todos los cargos. Los detalles del caso son espeluznantes. El marido buscaba en una plataforma de mensajería francesa, Coco, a los futuros violadores. Les pedía que antes de tocar a su mujer, dormida por las drogas, se calentaran las manos en un radiador. Prohibía que fumaran y usaran colonia para no dejar rastros en el ambiente. Las mujeres, en general, nos preguntamos, cómo Gisele no encontró rastros en su cuerpo. Las evidencias son la cantidad de fotografías tomadas por Dominique en las que se la ve inconsciente y expuesta entre las sábanas. Durante el juicio, las calles cercanas al tribunal en Avignon se llenaban de mensajes feministas de apoyo a una mujer que siquiera había leido “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir, le entregaban ramos de flores, fue nombrada caballero de la Legión de honor y hasta la reina Camila de Inglaterra le envío un mensaje.
Durante el Juicio también iba acompañada por Jean Loup, su nuevo amor, que mantuvo oculto hasta ahora dedicarle un capítulo en su libro. La primera cita fue para ver la ópera Carmen, se besaron al despedirse, y Gisele como si fuera una adolescente contó que “Estaba radiante de felicidad. Necesitaba amar de nuevo”. El tercer hombre con el que había tenido relaciones sexuales a la edad en la que las mujeres ya son invisibles.
Mi curiosidad o desconcierto tiene menos que ver con la persona de Gisele, una mujer convencional que no parece tener conciencia de lo que le sucedió. Tuvo indicios pero no quiso ver. Se alejó de la amiga que le contó que su marido intentó seducirla. O cuando encontró en su pantalón amarillo una mancha como de lejia, le dijo al marido: “No me estaras drogando”. Dominique le respondió con un llanto.
En cuanto los psicólogos se hacen un festín y tratan de explicar lo que al menos a mi, desconcierta, tras la condena de cincuenta hombres y de su marido, “el señor Pelicot” al que algún día visitará en la cárcel para encontrar alguna respuesta, la fugacidad de la fama se disipara. Gisele regresará a la intimidad doméstica donde vive los rencores de sus propios hijos que tienen dificultades para aceptar el nuevo rol publico de heroína feminista de la que fue una esposa y madre dedicada y sumisa. Especialmente el enojo de la hija mujer, Carolina de la que estuvo alejada todo este tiempo. Su única hija mujer culpa a su madre de no dar crédito a lo que ella vive como un incesto, desde que entre las fotografias se encontraron las que el padre le había tomado mientras dormía semidesnuda. Lejos de unirse ante el abuso compartido, madre e hija entraron en conflicto. Carolina, su única hija mujer describió al padre como más maternal que Gisele y se llenó de rencor porque siente que su madre no le cree. La hija también escribió un libro de memorias para dar su propia versión, para que “nadie piense que soy una pseudo mujer maravilla”. ¿Disputa de vanidades o las no siempre armónicas relaciones entre madres e hijas? Es cuando regreso a mi remanida frase del poeta portugués, Fernando Pessoa, “el que inventó el espejo, envenenó el alma” para expresar otro desconcierto ante la fuerza de la imagen, el aparecer ante el ojo público, facilitado hoy por las redes sociales e internet. Ya sin el pudor de la intimidad.
El juicio a los violadores de Gisele Pelicot unió a Francia y fracturó a su familia. Otro de los hijos, Florian, un músico que nunca se llevó bien con su padre, cree que no es hijo de Dominique y sí fruto de una aventura extramatrimonial de la madre que duró tres años.
Mi desconcierto mayor.
El silencio, en general, de los hombres que no son violadores, respetan a las mujeres, y sin embargo, hacen silencio sobre estas perversiones sexuales y la naturaleza del poder que sigue siendo absolutamente masculino en el afuera y le conceden a las mujeres el reinado de las alcobas. Hasta que algunos escándalos nos entretienen, el silencio se rompe, aparecen los llantos, las consignas, los prejuicios, hasta el próximo desconcierto.
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Excelente como siempre tu nota. Profundiza el análisis. Me deja pensando en esos desconciertos, los comparto.